EL FARAON HEREJE

Akhenatón, “el rey hereje”, también es conocido como Amenhotep o Amenofis IV. Es necesario hacer una breve introducción para entender el impacto que causó las reformas que quiso imponer Akhenatón. Egipto, como pueblo, era politeísta (adoraban a muchos dioses). Los sacerdotes, gracias al extremismo religioso, fueron en diferentes etapas de la historia egipcia personajes de capital importancia para la sociedad. Estos acumularon riqueza gracias a las ofrendas del pueblo y los tributos-regalos del faraón (tierras y tesoros); riqueza que llegó a tal punto de poner en jaque el poder de los propios reyes de Egipto.

El objetivo de su “revolución” era convertir al pueblo egipcio hacia el monoteísmo, implantando progresivamente la adoración a Atón para así poder recobrar el poder perdido a causa de los sacerdotes. En su afán, cambia su nombre de Amenofis (en realidad Amenhotep) por Akhenatón, en honor a Atón. Luego, construyó, en Tell el – Amarna (una región a 320 kilómetros al norte de Tebas), la ciudad de Akhetaton, para el culto a su dios.

Todas estas reformas, no obstante, jamás llegaron a tener acogida en la población egipcia, y no sólo por el poder de los sacerdotes –que ciertamente influyeron mucho en la derrota de este pensamiento– sino por las mismas deficiencias que representaba las ideas de Akhenaton. Por ejemplo: al concebir como único dios a Aton, ¿Quién los cuidaría en el más allá? Si se supone que Osiris era el protector el reino de los muertos.

Lo que si se sabe es que a causa de ese “idealismo” o ese “afán de consolidar su poder” en su tierra, descuidó sus fronteras peligrosamente, mientras que en Asia Menor se formaba el temible Imperio Hitita que causó más de un dolor de cabeza a los egipcios.

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